Nuestros ídolos juveniles eran los escaladores catalanes como Anglada, Guliiamón o los maños Rabadá y Navarro. Y atacábamos sus vías de escalada con desparpajo, convencidos que nuestra moderna técnica y nuestro arrojo juvenil nos bastaba y sobraba. Los cojones. Aun no habíamos hecho, ni todas, ni las mejores paredes que esta gente abrieron en las paredes españolas. Cuando, van tres norteamericanos, Westbay, Bridwell y Long y escalan The Nose en la pared del Capitán en Yosemite en un solo día con música de Janis Joplin. Las pintas de los yankis comparadas con las de los españoles eran para mear y no echar gota.
Nosotros, imaginativos practicábamos una estética "adaptada" y suigeneris. Combinábamos los pantalones bávaros y los gorros con borla con un cassette a pilas con cintas de Pink Floyd, el pelo largo y algún canuto.
De esa guisa dormíamos con Miguel y Caruso en una cueva del desfiladero de Terradets dispuestos a comernos la vía de los susodichos Anglada y Guillamón, al día siguiente. Aquella noche, con "Perlas ensangrentadas" de música de fondo, Murciano, nos presento a Jordi Vidal, un mito catalán de la escalada apodado "el once pollas" por el tamaño de sus manos. Con el se fue al día siguiente ha hacer alguna vertiginosa vía de aquella locura de pared.
Nosotros, escalábamos lentos. Por que eran casi cuatrocientos metros de tapia, por que éramos tres, por que era fácil y por que éramos torpes.
Antes del tramo realmente divicil un par de tíos que subían como tiros nos pidieron paso. Compartimos la reuníón bajo un diedro extraplomado que daba pánico, a más de trescientos metros de altura con un paso clave de extrema dificultad. Los tipos eran enormes, o a mi me lo parecía, y resultaron ser bomberos de Viella. Cuerpo este, de reconocido prestigio alpino. Ahí recogidos los tres contemplábamos como mientras uno aseguraba, el otro gigante negociaba el final del diedro entre bufidos y reniegos en un más que comprensible aranés.
Entonces, mientras encendíamos unos cigarros y nos ordenábamos el material estallo un grito...joder, espantoso.
Casi cien kilos de bombero catalán pasaron por delante de nuestros estupefactos ojos, Braceando como un loco, cabeza abajo y gritando ¡¡¡ SAQUEEEE!!!!!.
La cuerda se tenso y un hombre suspendido delante de nuestras narices y boqueando como un barbo, se giró, nos miró, y entre sonrisas cómplices con su compañero volvió a pasar por delante de nuestra cara, otra vez para arriba, como quien ha descubierto el secreto del paso que lo había tirado.
Nosotros no discutimos mucho, sobre quien iba a subir el diedro de primero. No hacia falta. Creo que hasta valoramos la posibilidad de que los Araneses nos pusieran una cuerda fija, pero pudo más nuestro orgullo torero. Nos aseguramos bien a la reunión y empezamos a montar, avergonzados una larga serie de rápeles que a media mañana nos llevaron al suelo, entre sudores, tembleques y vergüenza.
martes, 7 de abril de 2015
Era Invierno y, joder, solo tenia 18 años y aunque se suponía que sabíamos a donde íbamos nos equivocamos desde el principio. Una canal que confundimos con la brecha de Latour nos condujo a un enorme "plateau" bajo los Picos de Frondiellas. Subimos sus tres cimas y nos dirigimos al Balaitus que nos llamaba trucando en el fondo de nuestros cerebros. Bajo la verdadera brecha nuestros compañeros se bajaron espantados hacia Respumoso. Era demasiado tarde. Solo llevábamos nuestros piolets y los crampones y eran cerca de las 2 de la tarde. No se como superamos aquel muro de hielo. Si que recuerdo que repetía los golpes en el hielo pensando en cavar una buena ruta de bajada. Cerca de las tres de la tarde caminaba con mi eterno compañero Caruso, con una risa tonta por el inexpugnable y aéreo llano que precede a la cima del Balaitus. Era como andar por las nubes. Además, la cima, ¡tenía un enorme trípode!. Recuerdo pocas cosas de la cima. Recuerdo que mi piolet era amarillo. Que el de Caruso era naranja. Recuerdo que me quité la chaqueta de plumas para hacerme la foto de la cima y dar la impresión de que iba sobrado.
No recuerdo pasar miedo descendiendo la brecha dichosa. A las cinco de la tarde aún estábamos peleando por bajar aquel muro de hielo sin una mala cuerda. Era de noche cerrada cuando nos reunimos con nuestros preocupados amigos en una vieja casa en ruinas medio enterrada en la nieve en el lago de Respumoso.
Con el tiempo he descubierto que entre la juventud y la soberbia había una linea muy fina. En la montaña esa linea separa la vida de la muerte. Con Caruso, aquella tarde, superada la subida de la brecha, caminábamos por esa línea, ignorantes, jóvenes y soberbios.
No recuerdo pasar miedo descendiendo la brecha dichosa. A las cinco de la tarde aún estábamos peleando por bajar aquel muro de hielo sin una mala cuerda. Era de noche cerrada cuando nos reunimos con nuestros preocupados amigos en una vieja casa en ruinas medio enterrada en la nieve en el lago de Respumoso.
Con el tiempo he descubierto que entre la juventud y la soberbia había una linea muy fina. En la montaña esa linea separa la vida de la muerte. Con Caruso, aquella tarde, superada la subida de la brecha, caminábamos por esa línea, ignorantes, jóvenes y soberbios.
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