martes, 7 de abril de 2015

Era Invierno y, joder, solo tenia 18 años y aunque se suponía que sabíamos a donde íbamos nos equivocamos desde el principio. Una canal que confundimos con la brecha de Latour nos condujo a un enorme "plateau" bajo los Picos de Frondiellas. Subimos sus tres cimas y nos dirigimos al Balaitus que nos llamaba trucando en el fondo de nuestros cerebros. Bajo la verdadera brecha nuestros compañeros se bajaron espantados hacia Respumoso. Era demasiado tarde. Solo llevábamos nuestros piolets y los crampones y eran cerca de las 2 de la tarde. No se como superamos aquel muro de hielo. Si que recuerdo que repetía los golpes en el hielo pensando en cavar una buena ruta de bajada. Cerca de las tres de la tarde caminaba con mi eterno compañero Caruso, con una risa tonta por el inexpugnable y aéreo llano que precede a la cima del Balaitus. Era como andar por las nubes. Además, la cima, ¡tenía un enorme trípode!. Recuerdo pocas cosas de la cima. Recuerdo que mi piolet era amarillo. Que el de Caruso era naranja. Recuerdo que me quité la chaqueta de plumas para hacerme la foto de la cima y dar la impresión de que iba sobrado.
No recuerdo pasar miedo descendiendo la brecha dichosa. A las cinco de la tarde aún estábamos peleando por bajar aquel muro de hielo sin una mala cuerda. Era de noche cerrada cuando nos reunimos con nuestros preocupados amigos en una vieja casa en ruinas medio enterrada en la nieve en el lago de Respumoso.
Con el tiempo he descubierto que entre la juventud y la soberbia había una linea muy fina. En la montaña esa linea separa la vida de la muerte. Con Caruso, aquella tarde, superada la subida de la brecha, caminábamos por esa línea, ignorantes, jóvenes y soberbios.


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